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Psicoeducación: Emociones positivas e Inteligencia emocional.

A lo largo de nuestra vida se nos presentan numerosos y diversos problemas. Cómo nos enfrentamos a ellos y la eficacia con la que los resolvemos marca en gran medida nuestra percepción de fracaso y éxito en la vida.

Normalmente atribuimos situaciones no resueltas con características de nuestra personalidad, y así magnificamos, y dramatizamos generalizando aspectos que no están necesariamente conectados entre si. Por ejemplo, no sería correcto pensar que somos torpes por fallar en una prueba selectiva, ni que somos malas personas por decir NO en alguna situación.

Las emociones promueven una adaptación de las personas al medio que nos rodea. Una emoción es un estado psicológico que afecta al estado de ánimo y que tiene diferentes formas de expresión. Es de vital necesidad un conocimiento y manejo óptimo de las emociones en todas las áreas de nuestra vida. Una Inteligencia emocional que nos permita disfrutar de nuestra experiencia vital de una manera resolutiva, eficiente y enriquecedora.

Constantemente nos encontramos en terapia con un gran desconocimiento acerca de todo lo vinculado a las emociones, esto hace que la psicoeducación sea uno de los pilares en el trabajo en sesión.

 

 

Darwin asume la existencia de una serie de emociones básicas, innatas y de carácter universal, presentes en todos los seres humanos, y con una marcada continuidad filogenética («filogénesis» designa la evolución de los seres vivos desde la primitiva forma de vida hasta la especie en cuestión) a través de las especies.

Las emociones primarias o innatas serían las siguientes: Alegría, tristeza, miedo, ira, asco y sorpresa. Desde nuestro nacimiento en adelante nos pasamos el tiempo aprendiendo el resto de emociones, denominadas secundarias, lo que sería el lenguaje emocional, ya sea verbal o corporal.

 

 

El concepto de Inteligencia emocional define la capacidad de percibir los sentimientos propios y los de los demás, distinguir entre ellos y servirse de esa información para guiar el pensamiento y la conducta de uno mismo.

La expresión «Inteligencia Emocional» surge por primera vez quizás en 1986, aunque fue el autor Daniel Goleman quien hizo popular el término cuando publicó en 1995 su obra «Inteligencia Emocional», que rompió todos los techos de ventas.​

En 1990, los psicólogos norteamericanos Salovey y Mayer propusieron un modelo de Inteligencia Emocional que resalta cuatro componentes relacionados con la utilidad del concepto.

Así, la Inteligencia Emocional se centraría en:

Capacidad para percibir las emociones de forma precisa. Se trata de la capacidad fundamental de la IE, ya que permite el resto de procesamiento de la información emocional. Percibimos e identificamos las emociones en las caras, las voces, las fotografías, la música y otros estímulos.

 

 

Capacidad para encauzar las emociones, de forma que faciliten el pensamiento y el razonamiento. Consiste en utilizar la información emocional percibida para activar o facilitar otras actividades, tanto físicas como psíquicas.

¿Qué información emocional percibimos? Emociones Positivas (Alegría, orgullo, esperanza)  Vs. Emociones Negativas (Tristeza, ira, miedo)

Esto no quiere decir que las emociones negativas no tengan ninguna utilidad. Debemos atender a todas nuestras emociones,  percibirlas, utilizarlas, comprenderlas y controlarlas.

 

Ejemplo: En un experimento de la Universidad de Cornell, se pedía a los estudiantes que solucionaran un problema sencillo tras haber visto una película cómica o una película neutra. Los voluntarios que habían contemplado el vídeo cómico tuvieron más éxito que los que habían visto la película neutra y que los que no habían visto ninguna película. La contemplación de la película cómica fue casi de tanta «ayuda» como el proporcionar un gráfico con algunas pistas útiles para resolver el problema.

 

Capacidad para comprender las emociones, especialmente el lenguaje de las emociones. Sirve para ponerle nombre a las emociones. Así comprenderemos las transiciones de una emoción a otra.

Capacidad para controlar las propias emociones y las de los demás. El control de las emociones desempeña un papel importante en numerosas situaciones.

Ej.: Un orador que trata de persuadir a la audiencia de alguna injusticia, debería gozar del don de usar su propia indignación para incitar a los otros a la acción.

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