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APATÍA EMOCIONAL.

Publicado en: Garnelo, P. (2012). “Apatía Emocional”, en Afal Contigo, 66, 19-20.

Alegría, tristeza, sorpresa, miedo, ira e incluso asco son las consideradas, según Darwin, como las emociones básicas o primarias del ser humano, presentes en todos los seres humanos y con una marcada continuidad filogenética («filogénesis» designa la evolución de los seres vivos desde la primitiva forma de vida hasta la especie en cuestión) a través de las especies.

Una emoción es un estado afectivo que experimentamos, una reacción subjetiva al ambiente que viene acompañada de cambios orgánicos de origen innato, influidos por la experiencia. Dicho estado sobreviene súbita y bruscamente, en forma de crisis más o menos violentas y más o menos pasajeras. Las emociones tienen una función adaptativa de nuestro organismo a lo que nos rodea, por su importante labor comunicativa.

Apenas tenemos unos meses de vida, adquirimos emociones básicas como el miedo, el enfado o la alegría. Algunos animales comparten con nosotros esas emociones tan básicas, que en los humanos se van haciendo más complejas gracias al lenguaje, porque usamos símbolos, signos y significados.

Por ello hay que considerar una emoción como un proceso adaptativo a la realidad que se nos presenta.

Hoy en día, en la sociedad occidental, el principal problema de las emociones es el de no expresarlas (embotellarlas). Esto conduce en la mayoría de las situaciones a un estado de ánimo depresivo caracterizado por, lo que los psicólogos llamamos, “La tríada cognitiva de la depresión”, lo que supone una visión negativa y desvalorizada del Si mismo, del mundo que nos rodea y del futuro.

¿Y qué relación tiene una emoción con la vida diaria?, ¿Y qué tiene que ver con nuestra situación personal?, ¿Cómo podemos modificarlas y ponerlas a nuestra disposición? Bien, llegados aquí, son muchas las preguntas que se nos plantean, pero el simple hecho de llegar a cuestionar la utilidad de las mismas, supone todo un avance en nuestros dispositivos mentales.

Ellis nos propone, en su Teoría Racional Emotiva (1975), trabajar con un esquema básico compuesto de tres elementos principales: Situación-Creencia-Consecuencia Emocional o conductual. Esto es, las cosas que ocurren no son las que producen las perturbaciones, sino la opinión que las personas tienen sobre ellas. De forma que si modificamos nuestra emoción, conducta, o determinada creencia provocada por una situación concreta, romperemos el círculo que conforman estos tres elementos.

Se trata pues de aumentar la autoaceptación y la tolerancia a la frustración para así eliminar creencias irracionales, pensando racionalmente, de forma más clara y flexible. Así sentiremos y actuaremos adecuada y eficazmente.

¿Cómo empezar? Algunas pautas para modificar creencias no apropiadas:

  • Buscar las afirmaciones imperativas y exigentes que nos hacemos a nosotros mismos cuando queremos, debemos, necesitamos o deseamos conseguir algo de forma absoluta e imprescindible, con el fin de reducir su carga emocional.
  • Aceptar como realidad sólo aquellos hechos que pueden ser observados y comprobados.
  • Aceptar como válidos sólo aquellos principios que se deriven de forma lógica.
  • Disposición a cambiar las ideas y teorías propias en funcion de nuevos hechos o nueva información.
  • No se puede condenar o premiar en terminos absolutos y universales por actuar de una u otra forma.
  • La ciencia no garaniza con total certeza que se consigan determinados objetivos si se realizan determinadas acciones, sólo se puede establecer la mayor o menor probabilidad de que eso ocurra.

Modificando las creencias lograremos rescatar emociones que son necesarias para mejorar nuestra calidad de vida emocional, y esto será una onda expansiva hacia aquello que nos rodea, incluida nuestra situación personal.

De esta manera pondremos en marcha mecanismos y estrategias que previamente no utilizábamos y que serán útiles para una mejora sustancial en nuestra calidad de vida y desarrollo personal, y así abandonaremos un estado apático, en mayor o menor medida, en cuanto al empleo de los recursos que las emociones nos pueden llegar a ofrecer, logrando optimizar así nuestra personalidad y nuestras relaciones interpersonales.

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